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21/oct/19
28/feb/20

RELATO GANADOR II CERTAMEN DE RELATO CORTO RINCÓN DE LA VICTORIA, EN HOMENAJE A GLORIA FUERTES

 

A LAS CINCO DE TODAS LAS TARDES
(Relato ganador del II Certamen de Relato Corto Rincón de la Victoria 2019

  en homenaje a Gloria Fuertes)

 Luis Miguel Sánchez Tostado

 

En ocasiones, el destino escora nuestro rumbo a sotavento, con desgobierno de un timón sin timonel. La vida vira entonces hacia derrotas impredecibles, tan inexorables como inútiles nuestros empeños por resistirnos. Algo así, o poco menos, alcanzó a pasar en diciembre de 1975 en el cortijo de Pastora. Aquel día cambió mi percepción del mundo. Y de la vida.

 —Buenas tardes, señores. Soy el chef. Me ha dicho el maître que deseaban verme.

 — ¡Hombre, el chef!El del terno impecable, el comensal más efusivo de la mesa número seis, se levanta, desliza la servilleta sobre su mostacho blanco y saluda efusivo con las dos manos Un placer conocerle. Queríamos felicitarle por su selecta cocina. Tiene usted un restaurante encantador…

 El Simca de mi padre se detuvo frente a la casita de Pastora, próxima al nacimiento del rio. Verdeaban gayas las siembras a la luz violeta de la puesta. Tarde parada, sin viento, sólo el cloquear de las gallinas y el arrullo líquido del caz, perpetuo, suave. Olor a sementera y barbechos levantados. Olivos a levante, vencidos de negras perlas. A poniente, crestones y ribazos agrestes, tras ellos los picos Mágina, Cerro Ponce y Miramundos, como islas en un mar de olivos. En los roquedos áridos encinas dispersas y veredas trabajosas jalonadas de coscojal, retama y lentisco. Tenía el cortijo un tejado con pesadumbre combado por los años, un entorno de árboles desnudos en sepia invierno, charcos helados y, en los ribazos, cardilleras y tagarninas. El río arrimaba libélulas y esencias a tierra mojada, a zarzales y juncos. Había una lonja con parral hibernado, una fachada leprosa en cal, un terrado abierto a todos los aires, una cina de leña, un perrillo capachero y un gato atigrado que se atusaba junto a la puerta y miraba displicente la vuelta de los hombres y las acémilas.

 A Pastora le sobraban hijos y le faltaba paciencia. Vendía huevos y miel de colmena, también hortalizas y frutas de temporada que recolectaba en el huerto, por la trasera. En invierno, la aceituna, la propia y la del señorito Avellaneda, excombatiente y terrateniente. Con ellos vivía un anciano al que llamaban Rufo. Pero Rufo era invisible, nadie reparaba en él. Dicen que perdió el habla con los horrores de la guerra. Desde entonces dejó de creer en los hombres y se limitaba a oír, ver y callar desde su atalaya silenciosa, sin pedir nada, sin quejarse, sin decir esta boca es mía. Rufo se mimetizaba con el mobiliario y, cuando se quedaba quieto, y casi siempre lo estaba, ni se le presentía. Sólo reparaban en su presencia cuando alguien preguntaba por él, pero eso ocurría pocas veces. Su hija, la enérgica Pastora, no le encontraba utilidad; decía que era inservible, como los trastos que se acopian en el desván. Al menos, añadía, la desvencijada silla algún día volverá a servir en cuanto Manuel, su esposo, le echase la anea y la encolase. Hasta la deslozada jofaina hacía su avío.

¿Pero él de qué me sirve, eh? Dime, ¿de qué? Toda la vida sin abrir la boca, solo mirar, comer y cagar. De la chimenea a la sabina, de la sabina a la chimenea. Si al menos me diera conversación. Con lo que yo hablo, por Dios, si no parece mi padre. ¡Qué hartura, Virgen Santa! —renegaba Pastora. Se crispaba cuando alguien le decía que el viejo no daba ruido.

 Recuerdo un hogar con trébedes, un brasero de erraj, un lavadero con tapón de trapo en el desaguadero y unas cortinas de muselina blanca que el viento hinchaba con gracia. La estancia trascendía a alhucema y a papel de estraza, a matanza y a candela, a peroles de azófar, a ánforas de aceite, a mantones, a capachos y orujo, a ocasos de nácar, a tardes larguísimas incendiadas de oro. Aires grises de tiempos idos, ecos de una vida picual con tajos de sol a sol venidos muy a menos.

 Rufo solía sentarse en un rincón, junto al hogar. Apoyaba sus manos dálmatas en la empuñadura de su cayado y se abismaba muy dentro del vacío, dejando que el tiempo le hurtara las horas, y la vida. Unas veces perdía la mirada en un punto infinito, como buscando respuestas en el mundo invisible, en otras seguía con las pupilas los movimientos de Pastora, o del viejo perrillo, al que también le pesaba la existencia. La gorra de franela tocaba una calva nívea salpimentada por lustros pardos, apenas vividos. La barba hirsuta, cana, punzante, brotaba sobre pliegues esculpidos por el reloj indefectible de los años. Las cejas, excesivas, como arañas de patas largas movidas a soplos de Levante. Sus párpados, lívidos y agostados, tiempo hacía que cedieron al cansancio y se dejaban caer, y mostraban, rendidos ya de todo pudor, la intimidad de sus capilares y sus lágrimas. Sus ojos, al fin, de un gris descreído, se empecinaban en escrutar el silencio con la esperanza tumefacta de encontrar algún día la salida a sus demonios.

 Pastora sacó las pascuas. Copitas de carrasqueño y, en un platillo del chinero, sobre papel de seda desflecado a punta de tijera, gusanillos fritos con matalahúva, polvorones y tirillas de alfajor blanco. En tanto, ponía al día a mis padres de lo que se cocía en el pueblo. Con su habitual remoquete, despellejaba a fulana por ser muy fulana, y a mengana por su casorio repentino y su preñez silenciada. Y se lamentaba, con un válgame Dios y un espanto santiguado, de la depravación moral a pocas semanas de la muerte del Caudillo, muy vivo aún en el recuerdo: ducem nostrum Franciscum, centinela de Occidente, martillo de herejes, luz de Trento, salmos y jaculatorias por el alma del timonel de la Santa Cruzada. Pero a mí, los chismes de Pastora y su voz atiplada me daban sueño. Y cuando descubrí a Rufo, me planté delante de él y lo observé intrigado mientras terminaba mi Phoskitos. Me eclipsó. Me atraparon sus ojos grises que brillaban en la penumbra como monedas hundiéndose en un estanque. Sin dejar de mirarlo, me dispuse a abrir otro pastelito, pero frunció el ceño. Artrítico, se elevó despacio, arrastró pasos, tomó un plato de porcelana, vertió aceite de oliva y una cucharada de miel. Después removió, con la cadencia de quien carece de prisas, de quien todo lo tiene hecho. Cortó una rebanada de pan de escanda, lo dejó todo a mi lado y aguardó. Sus ojos, a un tiempo conminatorios y amables, me invitaban a probar. “Toma pan y moja”, parecían decir. Alentado por su mirada, pellizqué el pan, mojé y me lo llevé a la boca. Delicioso.

 Asintió.

 Luego tornó a su escaño en la penumbra y siguió escrutándome en silencio. Acabé la merienda mientras me preguntaba si aquella fórmula magistral, fruto de la espagírica natural obtenida de los reinos de la naturaleza, era el secreto de su longevidad, porque algunos creían que aquel viejo existió de siempre, que lo había visto todo, incluso había quien pensaba que fue él quien plantó el tejo milenario de la Loma, cuando no era más que un tierno plantón.

 Aquel día supe que Rufo no era un espectro, ni un desecho del trastero de Pastora, sino un sabio que hablaba a través de los óculos. Nadie en aquella casa reparaba en que sus ojos eran las ventanas por las que su alma se asomaba a la vida, porque los ojos lo dicen todo aun cuando no dicen nada, porque jamás están en silencio.

 El cayado aguantó trémulo al incorporarse, y le acompañó cuando arrastró los pasos hacia el umbral. Allí se protegió de la claridad con la mano, a modo de visera. Tras un peinado lento con la mirada, prosiguió despacioso hasta el árbol, el de siempre, a la misma hora de siempre. Seguí sus pasos torpes hasta el brocal del pozo, donde la sabina. —Ya os lo dije. De la chimenea a la sabina y de la sabina a la chimenea. Y vuelta la burra al trigo. ¡Que la Virgen Santísima me de paciencia!— se lamentaba Pastora, con acritud.

 Con precisión taurina, tomaba asiento en el poyo del brocal, a las cinco de todas las tardes. A esa hora, como un ritual perdido en la noche de los tiempos, fijaba la atención en la Loma del Tejo. Me senté a su lado y tomé su mano. Era descarnada, áspera, como la garra de una rapaz. Con la otra señaló un punto claro en la distancia, unas ruinas apenas perceptibles entre los ventisqueros. Entonces cerró los ojos y tensó los labios en un gesto sutil para desfigurarlos en una línea cóncava que expresaba dolor y cierto desprecio por todas las cosas. Su lágrima, sólo una, se deslizó por los pliegues de su mejilla hirsuta hasta dejarse caer, al cabo, en su regazo de pana. Sobrecogido, me situé frente a él, le tomé las manos e indagué, en el prescrito gris de sus pupilas, las razones de su quebranto. Fluyó el dolor en turbamulta. Los recuerdos emergían veloces como fogonazos de magnesio: el destacamento de la Guardia Civil, las carreras por el soto, los registros intempestivos, el piafar de los caballos, la fusta del teniente Avellaneda que les acusaba de auxiliar a los rojos huidos en la sierra desde 1939. Evocó la humillación de las mujeres rapadas, los paseos infamantes por el pueblo, las purgas de ricino, los ecos metálicos del calabozo, el chirrido espeluznante de la carrucha, con su cordel que luxaba los huesos, el alma y la dignidad. Colgado de las alturas presenció con impotencia cómo forzaban a su Rosario. Fue a las cinco de la tarde, jamás lo olvidó. Treinta años después aún rompía el aire su rasgado grito, aún refulgía la saliva de Avellaneda sobre los pechos níveos de su esposa, aún sonaba el clin clan del cinturón en el piso, con cada embestida. Blasfemar y patear el aire solo sirvió para que le saltaran los dientes a culatazos. A los nueve meses Rosario parió en la cárcel a una niña a la que llamaron Pastora, fruto de la sinrazón y los bajos instintos. Dicen que la madre, su Rosario, murió de sobreparto, o tal vez se negó a vivir por el peso de la infamia, excesivo para una mujer decente.

No me extraña que concedieran a su restaurante dos estrellas Michelín. Pocas me parecen —halaga otro de los comensales, un corpúsculo con forma de peonza y bigotito de lápiz— Y dígame, ¿tan presente estuvo en su vida el aceite de oliva para convertirlo en la base de todos sus platos?

 —Más de lo que imagina —suspiré.

 Los ojos de Rufo exhalaban un dolor antiguo, sin fecha de caducidad, una angustia amarga como el ajenjo, afilada como una daga de dos filos. Me transmitió su desasosiego y localicé el instante preciso en que se detuvo su tiempo y su lengua. Y vi en su mirar doliente cómo la sombra del resentimiento llevaba décadas enquistada en sus adentros, comiéndole las entrañas. Cada tarde sin excepción, a las cinco de todas ellas, se desatraillaba en su pecho la caja de los truenos y el pobre Rufo revivía una y otra vez el momento en que la tiniebla cercenó su luz, y su habla. Nunca fue el mismo.

 Ya de vuelta, en el Simca, mis padres me preguntaron si me aburrí con Rufo. Les conté las torturas que sufrió en el destacamento de la Loma del Tejo, de cómo el teniente Avellaneda violó a su mujer, la empreñó y tuvo a Pastora en la cárcel, antes de morir. El retrovisor me devolvió los ojos de mi padre, afilados como venablos.

 —¡No vuelvas a inventarte algo así! —su voz sonó como la de un general.

 —Me lo ha dicho Rufo —de mi garganta brotó la voz de otro, apenas un hilo apocado y trémulo.

 -Eso es imposible. Rufo no puede hablar desde hace muchos años.

 Me encogí de hombros y concluí:

 —Desde el siete de mayo de mil novecientos cuarenta y cuatro, a las cinco de la tarde.

 Mi padre, con el rostro descompuesto, miró a mi madre sin saber qué decir y yo colmé mi boca con gajos de mandarina, ajeno entonces a la ignominia y al descrédito de que aquel Avellaneda, teniente y terrateniente, era el padre de mi progenitor, era mi abuelo, de quien ambos heredamos tan infame apellido.

Aquel domingo en el cortijo de Pastora, incluí en mi zurrón prendas para el caudal de mi conciencia y atavío de mis ideas sobre la vida y sobre los hombres. Rufo despertó mi interés por la cocina saludable. Con los años, tras mi paso por la Escuela de Hostelería y Restauración, convertí el aceite de oliva en el centro de mi arte culinario, no solo porque es base fundamental en nuestra dieta mediterránea, también por la deuda con la memoria de un hombre que, aquel diciembre de secretos y pan de escanda, me hizo ver que en la vida nada es como parece. Rufo me enseñó que existe un mundo que no vemos, un mundo que habita en los corazones solitarios que renuncian al verbo para adentrarse en el universo silente de los diezmados, donde la palabra no alcanza, por inefable. Personas mayores y discretas, descendientes de aquella España enlutada y estraperlada, guardan para sí dolores hondos de un pasado que sacudió sus vidas y del que nunca hablan. Somos dados a prejuzgar sin reparar que detrás de cada persona pueden existir historias insondables, porque los recuerdos que uno entierra en el silencio son los que nunca dejan de perseguirte.

 Rufo dejó de padecer y marchó a los pocos días con su Rosario, acaso satisfecho de haber descargado al fin su conciencia con el nieto de Avellaneda. Se liberó así de la cincha invisible de quien inoculó su desdicha a las cinco de todas las tardes.

 —Lo que me fascina —la esposa endomingada del bigotito de lápiz se suma a los plácemes del grupo— son los nombres tan pintorescos que pone usted a sus platos: El calvario de Rufo… El origen de PastoraEl secreto de Avellaneda… ¿Dónde se inspira para tanta creatividad?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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